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sábado, 9 de octubre de 2010

Sables y Utopías

Nuestro laureado escritor nacional, premiado universalmente esta semana con el Nobel de Lirteratura 2010, siempre ha escrito de manera coherente y diáfana sobre los principios que ha defendido durante gran parte de su célebre vida. Confeso liberal e irredento hacedor de historias, también ha escrito sobre lo real, sobre la lucha del hombre frente a los autoritarismos y sobre el rol preponderante de aquellos 2 valores que nutren a la democracia: Tolerancia y Libertad. Uno de sus últimos libros, aparecido el año pasado, lleva por título "Sables y Utopías" y es un viaje literario y político por los ensayos que escribió el ahora Nobel sobre la democracia y la libertad en las azarosas historias de América Latina. A continuación un resumen de la República y una entrevista de Perú 21 sobre esta recopilación de ensayos llevado a cabo por Carlos Granés en nuestro "Recomendado de la semana".
Felicitaciones, Don Mario!.

Sables y utopías

Con el título de Sables y utopías, se reúne una serie de artículos de Mario Vargas Llosa que ofrecen, a manera de gran fresco, el pensamiento del escritor tanto en el campo político como en los terrenos del arte y la literatura. Los artículos no guardan un orden cronológico sino más bien un orden temático.

El libro, según el prólogo de Carlos Granés, trata de responder cuáles son los postulados liberales de Vargas Llosa, cómo se ubica ante la realidad latinoamericana, qué peligros y esperanzas advierte en nuestra región y cómo han ido tomado forma sus ideas y compromisos en su larga trayectoria de intelectual comprometido.

En estos artículos, anota Granés, “además de verse reflejado el recorrido intelectual del escritor, se analizan todos los grandes acontecimientos que han marcado la historia reciente de América Latina”.

Sables y utopías está dividido en cinco capítulos. Los cuatro primeros agrupan artículos con los que participó en el debate social y político de América Latina. En el primero, “La peste del autoritarismo”, están, por ejemplo, las cartas abiertas que dirigió a Juan Velasco Alvarado y a Rafael Videla. En el segundo, “Auge y declive de las revoluciones”, se compila su posición crítica ante Cuba y Fidel Castro, como el caso de Nicaragua y de las FARC.

En el tercero, “Obstáculos al desarrollo: nacionalismo, populismo, indigenismo y corrupción”, y el cuarto, “Defensa de la democracia y del liberalismo”, reúne textos de viva actualidad.

En defensa de la ficción

Uno de los criterios que tiene Vargas Llosa para medir la libertad, según Granés, es el espacio que se le otorga al escritor (léase creador). Por eso, el quinto capítulo, “Los beneficios de la irrealidad: arte y literatura latinoamericana”, compila artículos como “Paradiso, de José Lezama Lima”, “Cien años de soledad: el Amadís en América”, “Las ficciones de Borges”, “José Donoso o la vida hecha literatura”, “Cabrera Infante”, “Bienvenida a Fernando de Szyszlo”, solo para citar algunos textos.

Un libro que resume las batallas del escritor por su gran credo: la libertad.

Fuente: Pedro Escribano de La República/
 
Entrevista a Mario Vargas Llosa - Perú 21*.
 
Además de nuestro mejor novelista, Mario Vargas Llosa es un intelectual riguroso y coherente y, por ello, es respetado mundialmente. Acaba de publicarse una reunión de sus artículos, desde los años 60 hasta el presente, en lo que seguimos los cambios en sus ideas respecto a la política, a Latinoamérica, a la cultura y a otros temas. Sables y utopías ya está está en librerías a 64 soles.
 
“Esta selección de artículos fue hecha por un escritor colombiano, Carlos Granés, que trabajó con completa libertad. No los he corregido –excepto alguna errata– y tampoco he cambiado ninguna idea. Son textos escritos a lo largo de muchos años en los que hay opiniones muy diversas, por supuesto, pero me pareció que era mejor presentar todo tal como fue escrito para mostrar una evolución, un cambio de opiniones políticas, literarias, etc. Es una especie de autobiografía que se ha armado sola y que ha sido editada por Granés”, explica acerca de Sables y utopías, libro que reúne artículos suyos desde los años 60.
 
¿Por qué la necesidad de reunir en un solo volumen su pensamiento sobre América Latina?
 
No fue una idea mía. Yo había pensado hacer una recopilación –las he hecho antes–, pero esta fue una sugerencia de mi editor. Y yo propuse que lo hiciera alguien con otra perspectiva, para lo cual pensé en Carlos Granés, porque él escribió una tesis en la Universidad de Madrid sobre mis ensayos. Me interesó mucho porque era una tesis muy personal y creativa.
 
Acaba de fallecer Mario Benedetti. Usted lo conocía y también polemizaron.
 
Fuimos muy amigos. Lo conocí en los 60. Le tuve siempre afecto y admiración, aunque discrepé profundamente con él por razones políticas. No solo me pareció siempre un buen escritor sino un intelectual honesto, un hombre siempre coherente entre sus convicciones y su conducta, a diferencia de otras personas, sobre todo en el campo intelectual, que usaron mucho sus convicciones para medrar.
 
Usted escribió un artículo llamado El intelectual barato. ¿Cree que esa es una costumbre latinoamericana?
 
Él no fue un intelectual barato. Y eso se da en todas partes, pero creo que más en América Latina por la pequeñez del mundo intelectual, donde existe la sensación de que, si un escritor o intelectual tiene éxito, cierra la puerta a los demás. Eso no es cierto. En Francia o en Inglaterra hay debate intelectual por supuesto y, también, pequeñeces humanas, como en todas partes, pero nunca se alcanza esa mezquindad de los países pequeñitos, que envenena el mundo intelectual, aunque también el mundo artístico y toda profesión.
 
¿En qué medida su evolución ideológica afectó sus novelas?
 
No lo puedo saber. No tengo suficiente distancia. Creo que ha habido una constante en mí: cuando he querido defender determinadas ideas o valores políticos o culturales, he escrito artículos, ensayos o he dado entrevistas. Cuando he escrito cosas creativas –novela, cuento, teatro–, no diré que he prescindido de mis convicciones, pero he buscado desarrollarlas menos subordinadas a la actualidad. Creo que la literatura, el arte en general, dependiente de la actualidad es efímero y, muchas veces, fracasado. La labor creativa debe tocar experiencias más permanentes que trasciendan lo puramente político, que es lo más actual que existe y, por lo mismo, lo más efímero.
 
En los años 60 estaba obsesionado por la novela total; en los 70 encontró el humor pero, últimamente, sus novelas muestran personajes que persiguen la utopía, como Gauguin o Flora Tristán, así como la que está escribiendo ahora, sobre Roger Casement, este independentista irlandés.
 
Creo que la búsqueda de la novela total está siempre ahí, en todo escritor, consciente o inconscientemente. A diferencia de un género como la poesía, que es el ideal de perfección, que puede ser condensado en un texto muy breve, la novela que ocurre en el tiempo lo empuja a uno hacia la totalidad; aunque, por supuesto, ninguna novela la alcanza. Pero, además, ese ideal se ajusta a una temática. Hay historias que requieren de un formato más pequeño; por ejemplo, Travesuras de la niña mala. En cambio, la novela sobre Flora Tristán y Gauguin (_El paraíso en la otra esquina_) o la de Trujillo (_La fiesta del Chivo_) están más dentro de las que escribí en los años 60, que buscan más visiblemente esa totalidad. Quizá también es el caso de la novela que estoy escribiendo ahora.
 
Su interés literario apunta ahora a utopías personales que, quizá, fracasan…
 
Pero el intento crea una grandeza siempre. Claro que es el caso de Flora Tristán o de Gauguin, que quisieron alcanzar lo inalcanzable: la sociedad perfecta o un mundo de pura belleza. Pero al buscar lo inalcanzable se alcanzan, a veces, niveles de heroísmo que, creo, son los grandes mitos modernos que tiene la humanidad. Es un tema que me fascinó desde que comencé a escribir, pero es verdad que, quizá, en los últimos años aparece más visiblemente en lo que escribo.
 
Usted abordó la violencia política en Historia de Mayta. Recientemente, la guerra contra el terrorismo es tema de muchos escritores peruanos. ¿Piensa abordarlo?
 
Ya no me atrevo a hacer este tipo de pronósticos. De repente te encuentras con un tema tan estimulante que te empuja a hacer algo que nunca pensaste hacer. Tengo muchos proyectos –espero tener tiempo de realizarlos todos– y siempre estoy abierto a lo sorpresivo. Es tan bonito encontrar de pronto algo que te estimula mucho. Por ejemplo, la novela que estoy escribiendo. Nunca hubiera pensado escribir algo sobre Casement, un personaje vinculado al independentismo de Irlanda, al Congo y, sin embargo, me encontré con él y, poco a poco, me fui embarcando. Eso demuestra que uno no elige sus temas con toda serenidad. En cierta forma, los temas lo eligen a uno. De pronto, un tema tiene que ver con cosas íntimas que te remueven. No parece que fuera un acto completamente racional. Es como enamorarse.
 
Como escritor, ha “canibalizado’ su vida. Hay un texto en el que dice que, de alguna manera, vive para luego contarlo. Las experiencias que inspiraron La ciudad y los perros sucedieron 10 años antes de que la escribiera, lo mismo con La tía Julia y el escribidor. ¿Hay alguna distancia literaria?
 
Es verdad que en todos esos casos he usado mucho mi experiencia personal. Pero en otros ha sido muy indirecta: lo de Roger (Casement) lo conocí a través de lecturas y, luego, hice investigaciones; aunque he vivido la dictadura como todo latinoamericano, no he vivido una como la de Trujillo. Creo que todos los novelistas usan su experiencia, su memoria, como materia prima para la imaginación. Pero también creo que la memoria solo puede ser un punto de partida porque, si uno no tiene libertad para manipular el recuerdo con entera libertad, transformándolo en algo distinto, entonces no hace literatura; hace un documento muy personal, íntimo, que puede tener interés como documento, pero que no es una obra de creación. La literatura consiste en crear un mundo independiente del creador, capaz de parecer autosuficiente, de romper completamente ese cordón umbilical con quien lo creó.
 
Usted renovó el panorama con sus técnicas en la escritura. ¿Cree que ya está todo dicho en cuanto a técnicas, que hemos caído en un letargo?
 
No. Nunca está todo dicho porque, si no, la literatura moriría. Y eso no puede ocurrir porque la literatura tiene que ver con la vida, y la vida evoluciona, cambia, dentro de una cierta permanencia, pero con circunstancias que cambian extraordinariamente. Lo que hay hoy en día es, quizá, menos pirotecnia. La técnica es menos visible. Pero creo que, desde siempre, mientras más eficaz es la técnica, más invisible, a no ser que sea eso lo que quieras contar. Pero, normalmente, lo que quieres contar en una novela es una historia. Y esa historia es mejor contada mientras menos visible sea la técnica que la sustenta. Me parece que es Borges quien lo dice: cuando uno es joven, piensa que una cierta oscuridad es garantía de profundidad y de complejidad; luego, cuando vas creciendo, vas descubriendo que lo más difícil de alcanzar y el mejor logro es la claridad. Ortega y Gasset decía que la claridad era la cortesía del filósofo. Yo creo que también es la cortesía del novelista.
 
Usted habla con cierto pesar de que los novelistas de ahora no tienen las ambiciones de antes…
 
Eso creo que es verdad, y creo que responde a la cultura de nuestro tiempo. La civilización de nuestro tiempo busca fundamentalmente el entretenimiento y la diversión. Es muy frívola. Es lógico que tenga tanto éxito una literatura leve, amena, ligera, a veces brillante, pero una que no busca complicar la existencia a nadie ni dar dolores de cabeza sino divertir. Hay magníficos escritores light. Pero creo que esa es una presión que la civilización de nuestro tiempo ejerce sobre la literatura y la cultura. Hay excepciones, y creo que son las más interesantes.
 
Hace poco se publicó en Arkinka una conferencia suya, La civilización del espectáculo. Su pensamiento es liberal, pero al hablar de arte le disgustaba que, por ejemplo, se pagaran precios exorbitantes por obras que consideraba de poca calidad.
 
Que haya elecciones libres es fundamental, pero eso no significa que las decisiones tomadas sean acertadas. Los pueblos se equivocan y eligen muchas veces lo peor. Y ocurre lo mismo con los lectores. ¡Hombre, hace poco acabo de rendir un homenaje a Corín Tellado! No porque me gustaran sus novelas –que nunca leí ninguna porque estoy seguro de que no hubiera pasado de la primera página– sino porque me sorprendía que mucha gente que nunca hubiera leído nada leyera sus libros. Desde luego, preferiría que leyeran a los grandes escritores en lugar de a ella. Pero un género en el que esto ha llegado a la absurdidad total es la plástica. Ahí, la posibilidad del embauque es infinita porque no hay valores reconocibles; todo puede ser bueno y todo puede ser malo, depende exclusivamente del mercado.
 
Lo que paga el mercado del arte es lo que alguien está dispuesto a pagar. Eso es libre mercado…
 
Sí, eso está bien. Pero eso no presupone nada sobre la calidad. Hay un valor de mercado de las obras de arte y uno intrínseco, estético. El divorcio en el caso del arte es el más grande que ha conocido la historia. En los momentos ideales, ambos valores se han fundido. En el siglo XIX, ¿cuáles eran los escritores más vendidos? Los mejores. En América Latina se pudo decir lo mismo en cierto momento, nunca se leyó tanto una obra maestra como Cien años de soledad. Y eso se acabó.
 
Usted escribió sobre su descubrimiento de Frida Kahlo. Cuando existían consensos sobre el buen arte, Frida era considerada una mala pintora.
 
Sí. No lo era. Y fue una gran falla. Pero ella tampoco tenía ningún interés en ser reconocida. Ella era una gran artista, pero de aquellas que se inmolaban. Hay escritores que eran así, como Kafka. No le interesaba ser reconocido, ni siquiera publicar. Siempre ha ocurrido, pero nunca a los niveles de nuestro tiempo, y creo que tiene que ver con la naturaleza de la civilización en que vivimos.
 
Hablemos de las viudas. Se acaba de editar un libro con textos inéditos de Cortázar. ¿Qué opina?
 
Hay viudas y viudas –y, también, viudos y viudos–. No he leído el libro de Cortázar, pero no tengo duda de que esa edición es absolutamente respetable porque la ha hecho Aurora Bernárdez, una mujer extraordinaria. Es una de las mujeres más inteligentes que he conocido y una de las lectoras más lúcidas. Yo siempre creí que Aurora había decidido no escribir porque quería que en esa pareja hubiera un solo escritor. Pero, cuando oía conversar a Julio Cortázar y a Aurora, era difícil decir quién era más inteligente, quién decía cosas más brillantes, quién había leído más y quién había leído mejor. Para mí, es uno de los espectáculos de inteligencia que más me ha sorprendido en la vida. Tanto que yo bromeaba alguna vez diciendo que ellos ensayaban antes sus conversaciones. Esa selección estoy seguro que está hecha con rigor y respeto, desde luego, por Cortázar y por la literatura. Hay viudas o viudos que explotan de una manera ya innoble publicando cosas que el autor jamás hubiera permitido que se publicaran. A mí me parece una inmoralidad publicar algo que no contribuye a la imagen del escritor sino que, más bien, la empobrece. Eso es criticable. Pero que se publiquen inéditos, si son interesantes, en buena hora.
 
¿Qué ha dispuesto usted en su caso?
 
Espero no dejar inéditos. Se publicarán cartas mías, pero he sido tan mal corresponsal… es el único género que no he cultivado (ríe). De manera que nunca verán muchas para publicar. Además, la mayor parte de mis cartas la escriben las secretarias.

* Por José Gabriel Chueca y Gonzalo Pajares.
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sábado, 14 de agosto de 2010

La traicion de la libertad: seis enemigos de la libertad humana

Este volumen reúne seis conferencias que Isaiah Berlin dictó en un programa radiofónico de la BBC en 1952. Prescindiendo de escritos elaborados de antemano, exponiendo sus ideas de manera improvisada e informal, Berlin deslumbró a la audiencia con un tono apasionante, claro, riguroso y persuasivo. Introdujo a los oyentes en el entramado teórico de seis pensadores sobresalientes que, en el marco de la filosofía política y moral, articularon doctrinas adversas al concepto de la libertad individual: Helvétius, Rousseau, Fichte, Hegel, Saint-Simon y De Maistre. El eje transveral del análisis de Berlin consiste en un interrogante: ¿por qué debe un individuo obedecer a otro individuo? Las posibles respuestas serán el punto de partida de intensas disertaciones sobre el significado del Estado, la sociedad, el individuo y las leyes.

Rousseau y el pluralismo de Isaiah Berlin

* Roberto Ruiz. (Prodavinci.com)

Cuando uno comienza a leer el libro de Isaiah Berlin, La traición de la libertad (Seis enemigos de la libertad humana) se sorprende de ver incluido el nombre de Jean Jacques Rousseau. De inmediato uno se pregunta cómo estos dos pensadores, racionalistas ambos y compartiendo ambos una misma aspiración a la justicia y la felicidad humanas, pueden tener visiones tan diferentes sobre problemas de ética y teoría política; sobre cuestiones como la libertad, la igualdad, el papel de la sociedad o la justicia. Para comprender esta aparente contradicción entre pensadores que comparten una cierta admiración por la filosofía de la Ilustración, combinada con un cierto rehazo por sus excesos, por su extensión simplista y optimista a los asuntos humanos, es necesario examinar el centro de sus preocupaciones y la diferencia entre puntos de vista, especialmente en lo que se refiere a los valores y la relación entre éstos, el individuo y la sociedad. Se entiende que hablamos de diferencias esenciales que no deberían verse afectadas por el hecho de que ambos “piensen” en épocas distintas y distantes.

Para Berlin la Ilustración es un movimiento digno de admiración por su enfrentamiento al autoritarismo monárquico, por su defensa de la libertad y los derechos humanos y por su enfoque racional en el campo de las ciencias naturales. No obstante, Berlin se opone frontalmente a la aplicación de los principios de las ciencias naturales; principios y métodos que habían deslumbrado a pensadores como Voltaire, Diderot, Holbach, Condorcet, y D’Alembert, al punto de pretender aplicarlos a los asuntos humanos.

Para Berlin los tres axiomas básicos de la Ilustración no son aplicables a disciplinas como la ética y la teoría política. Obviamente, el pensador irreverente que siempre acompañó la personalidad de Isaiah Berlin, no podía compartir una concepción según la cual los grandes principios del pensamiento ilustrado fuesen universales y aplicables a todos los campos del saber, con independencia de las variables tiempo y lugar.

Podrían resumirse estos principios en tres afirmaciones contundentes: la primera, que toda pregunta genuina tiene una sola y única respuesta; la segunda, que debe existir un método para descubrir las respuestas correctas, lo que las hace en principio conocibles aunque para el momento muchas sean desconocidas; la tercera: que las respuestas a todas las preguntas constituírían un todo armónico y perfectamente compatible.

La originalidad del enfoque de Berlin radica en su oposición a aplicar los tres grandes principios del pensamiento ilustrado a los problemas humanos. Su idea central consiste en que los valores humanos viven en permanente conflicto y que, además, ellos no responden a una única verdad, pues ésta siempre tendrá una dimensión histórica y geográfica. Pero a esto Berlin añade que los valores mismos son incompatibles entre sí. Para ilustrar con un ejemplo clásico y perturbador: libertad e igualdad son incompatibles y no puede existir una sociedad que sea completamente libre y totalmente igualitaria. De modo que, continuamente, el hombre y las sociedades deben elegir. Si quiero una sociedad más igualitaria, debo, por ejemplo, aumentar los impuestos y esto coarta la libertad de los que poseen mayores riquezas; o, para decirlo proverbialmente, lo que beneficia al cordero perjudica al lobo. A esta idea de conflicto e incompatibilidad entre los valores se la denomina pluralismo, en oposición al monismo típico de la Ilustración.

Con esta visión de conflictos entre los valores, resulta entonces relativamente sencillo ver las diferencias que afloran entre Berlin y Rousseau. Rousseau, sabemos, era un pensador ilustrado por el énfasis que coloca en el uso de la razón para resolver los problemas humanos. Pero a la vez era un crítico severo de otros filósofos franceses de la Ilustración, sobre todo de hombres como Voltaire, Helvétius, Diderot y Condorcet. El origen de su menosprecio estaba en el rechazo que sentía por la sofisticación de estos filósofos, su afición a las camarillas intelectuales, el ambiente de los elegantes salones parisinos donde conspiraban contra la monarquía y a la supuesta corrupción que producía en ellos el amor por las ciencias y las artes.

Puede leer el artículo completo Aquí

martes, 3 de agosto de 2010

Carl Menger y la Escuela austriaca

A continuación un interesante post de Libertad digital escrito por Juan Ramón Rallo, sobre Carl Menger y la escuela austriaca.

Hijo de alemanes, padre de austriacos
*Por Juan Ramón Rallo

Durante décadas, la opinión casi unánime de los arqueólogos del pensamiento económico era que la Escuela Austriaca había nacido ex nihilo por obra y gracia de Carl Menger, un economista no sólo desgajado del contexto intelectual de su época, sino incluso enfrentado a la corriente mayoritaria del momento, representada por la Escuela Histórica Alemana de Gustav Schmoller.
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Sin duda, no faltaban razones de peso para llegar a esta conclusión. El que probablemente sea el mejor historiador del pensamiento económico que haya existido jamás, Joseph Schumpeter, escribió en 1915, con motivo del 75 cumpleaños de Menger: "Como si hubiesen venido de otro mundo –sin explicación y sin causa– Menger, Böhm-Bawerk y Wieser aparecieron en la escena económica de aquella época". Schumpeter conocía en ese momento el terreno de primera mano, porque pocos años antes había sido discípulo de Eugen Böhm Bawerk, a su vez discípulo de Menger. El paso de los años tampoco hizo cambiar a Schumpeter de opinión, pues a lo largo de su vida reiteró este juicio en diversas ocasiones; por ejemplo en su libro de biografías de economistas, datado en 1952, puede leerse que "con autonomía y grandeza científica, el trabajo intelectual de Menger se presenta con un marcado contraste frente a su entorno. Sin estimulación externa y desde luego sin ninguna ayuda, atacó el edificio en ruinas de la teoría económica".

Más llamativo aún es el caso del gran Ludwig von Mises, quien en su historia de la Escuela Austriaca señala textualmente que "sin duda, ninguno de sus profesores, amigos o colegas se interesó por los problemas que emocionaban a Menger. Cuando, poco antes de estallar la Primera Guerra Mundial, le pregunté sobre las reuniones informales en las que participaban los jóvenes economistas de Viena para discutir problemas de teoría económica, me comentó: ‘Cuando tenía tu edad, nadie en Viena se preocupaba por estas cosas’. Hasta finales de los años 70 del s. XIX no había ninguna Escuela Austriaca. Sólo estaba Carl Menger".

El problema –y lo siento mucho por el gran Schumpeter y todavía más por el aún mayor Mises– es que este relato histórico es más falso que un duro sevillano. Desconozco las razones que llevaron a estos, por otro lado, honestos y ejemplares economistas a tergiversar de manera tan artera la historia del pensamiento económico –aunque la hipótesis más probable es la marcada germanofobia de ambos– pero después del devastador artículo de Erich Streissler sobre las influencias intelectuales de Carl Menger, resulta simplemente imposible seguir sosteniendo que el austriaco era algo así como un outsider en su época. Menger, por el contrario, fue la culminación histórica de toda una tradición económica que hoy sabemos que abarcaba a la Escuela del Valor de Uso alemana (Gebrauchtwertschule) e incluso, tras los impagables descubrimientos de Gabriel Calzada, a toda una corriente de pensamiento que llega hasta nuestra Escuela de Salamanca (pasando por Francia, Escocia, Holanda e Italia).

Casi ninguno de los grandes hallazgos que se le atribuyen a Menger –la subjetividad del valor, la relación real entre precios y costes, el origen evolutivo del dinero e incluso la utilidad marginal decreciente– es original suyo, sino que ya eran sobradamente conocidos en Alemania desde comienzos del s. XIX.

Tengamos en cuenta que la magnum opus de Menger en 1871, los Principios de Economía, fue desde un comienzo muy bien recibida en Alemania por cuanto encajaba a la perfección con todo lo que se venía publicando y enseñando en sus universidades desde hacía 70 años. Es más, Menger en ningún momento trata de ocultar esa deuda intelectual con sus precedesores alemanes, pues dedica sus Principios a Wilhelm Röscher, el economista alemán más importante de la época; cita positivamente y con profusión a otros economistas alemanes como Hermann, Schäffle, Knies o Rau; y, de hecho, reconoce explícitamente en el prólogo que "el campo de estudio aquí tratado ha sido, en su mayor parte, patrimonio común de los recientes avances de la economía política alemana".

Menger no llegó a lo más alto de nuestra ciencia rebotando contra el vacío, sino alzándose sobre hombros de gigantes; más bien, de otros gigantes como él. Porque si algo no me gustaría es que esta contextualización de la obra del austriaco desmereciera un ápice su monumental contribución a la ciencia económica. Menger fue un genio como pocos habrá tenido nuestra disciplina. Antal Fekete –probablemente el continuador más fiel del pensamiento mengeriano– ha llegado a afirmar que el austriaco se sitúa a la altura intelectual de Aristóteles dentro de la historia del pensamiento. Y, exagerado o no, lo cierto es que sus Principios de Economía siguen siendo, en palabras de otro enorme economista como Charles Rist, "la mejor introducción que se le puede dar a un joven economista para que aprenda las nociones básicas de la economía política".

El libro sistematiza, clarifica y engarza lo mejor de todos sus predecesores en un corpus que servirá de base para el ulterior desarrollo de la ciencia económica. A través del individualismo metodológico, es decir, tomando como punto de partido el individuo que actúa y toma decisiones, Menger va explicando cómo los bienes económicos lo son en tanto instrumentos para satisfacer necesidades humanas; que la importancia de esas necesidades será la que determinará su valor y su pecio (y no el trabajo incorporado, como creyeron, entre muchos otros, David Ricardo y Karl Marx); que la importancia de las necesidades será progresivamente decreciente conforme aumente la cantidad de un bien (resolviendo la paradoja de por qué los diamantes eran más caros que el agua siendo menos útiles); que los intercambios se realizarán a un precio que sea mutuamente beneficioso para las partes en función de la importancia subjetiva que le asignen al bien intercambiado; que la producción de cada bien se estructura en una serie de etapas temporales –distinguiendo entre bienes finales o de consumo y bienes de orden superior– y en un ambiente de incertidumbre inerradicable en torno al resultado final donde, por tanto, el individuo puede equivocarse; que el valor y el precio (o coste) de los bienes económicos de orden superior dependerá del valor y del precio del bien de consumo que contribuyan a producir (aun hoy se sigue creyendo ingenuamente que los precios dependen de los costes cuando es al revés); que no todos los bienes económicos serán igualmente vendibles en grandes cantidades (presentarán diversos grados de lo que más tarde llamará "liquidez"); y que mediante la búsqueda empresarial de medios que faciliten y aceleren los intercambios, el dinero evolucionará de forma espontánea en sociedad –sin necesidad de que lo imponga el Estado– a partir de los bienes más líquidos (los que son más fácilmente vendibles), siendo el caso paradigmático el del oro.

Aunque, como digo, muchas de estas ideas no eran nuevas, su unidad sí lo fue. Y por ello logró un reconocimiento y una influencia generalizada que sólo cabe lamentar que no fuera mucho mayor.

Pero sería injusto reducir los logros de Menger a sus formidables Principios de Economía. Tras la publicación del libro, el economista austriaco se convirtió, primero, en el tutor personal del príncipe Rudolf, el sucesor al trono del Imperio austrohúngaro y, posteriormente, en uno de los dos púgiles de la célebre Methodenstreit o polémica sobre el método en economía.

De las lecciones a Rudolf nos ha quedado una recopilación de las transcripciones escritas que hizo el propio Rudolf y donde encontramos el lado más político del pensamiento de su tutor. Menger educó al príncipe en los principios del liberalismo, pero no de un liberalismo cualquiera, sino, en palabras de Streissler, a la sazón editor de la recopilación de las lecciones, "un liberalismo clásico de la más pura cepa que asignaba un papel al Estado incluso más reducido que el de Adam Smith". Lástima que Rudolf no gozara de la fortaleza psicológica suficiente como para hacer buen uso de la magnífica formación recibida.

De la polémica sobre el método que libró con éxito contra el historicista alemán Gustav Schmoller hemos recibido la otra gran obra de Menger: La investigación sobre el método de las ciencias sociales, donde se analizan los distintos métodos y enfoques que pueden dársele a la ciencia económica en sus tres vertientes (teoría económica, historia económica y economía aplicada). Menger considera que el método ideal –siempre que pueda utilizarse– es el deductivo, por ser mucho más preciso, completo, riguroso y exacto que el inductivo. Esta valiosa semilla metodológica fue la que germinó en todo su esplendor en la praxeología de Mises, una ciencia a priori de la acción humana y de la economía.

Concluida la Methodenstreit, Menger continuó preparando hasta su muerte una segunda edición de sus Principios de Economía bastante más ambiciosa y omnicomprensiva que la primera y donde se integraran algunas de las investigaciones sobre el dinero, el capital o el interés que seguía desarrollando. Parte de su proyecto teórico quedó inconcluso y sólo pudo ser completado por economistas posteriores (especialmente por su discípulo Böhm-Bawerk). Pero otra parte muy importante fructificó en ricos hallazgos que se fueron publicando en artículos sueltos –como una caracterización más precisa de la liquidez de los bienes según la variación de sus spreads de precios o su definición empresarial del capital– y que nunca fueron hilvanados coherentemente con el resto de su teoría en esa tan esperada segunda edición de los Principios. Este fue motivo por el cual, y para desgracia de nuestra ciencia, esas nuevas aportaciones de Menger han caído en el olvido a la espera de que alguien las rescate.

Es curioso, pues, que más de un siglo después de que Menger revolucionara la ciencia económica, los economistas todavía no le hayamos sacado todo el jugo posible a su obra. Pero precisamente por ello –porque no lo desarrolló todo y no todo lo que desarrolló fue perfecto–, generaciones sucesivas de economistas se han ido acercando a sus libros para ir enriqueciendo nuestra ciencia alrededor del corazón teórico mengeriano. La obra de Menger no sólo alcanzó fama universal, sino que, sobre todo, dio origen a la línea de pensamiento y al programa de investigación económico más realista y profundo de cuantos se hayan abierto hasta el momento: la Escuela Austriaca de Economía.
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El artículo original lo puede encontrar aquí.
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sábado, 24 de julio de 2010

La revolución capitalista en el Perú

Escrita en un lenguaje perfectamente asequible y con un estilo elocuente, esta obra es una gran síntesis de los cambios institucionales y estructurales ocurridos en el Perú desde 1990, dentro de un marco interpretativo, original y renovador. Polemiza con los mitos acerca del impacto del mercado y la globalización, y demuestra cómo las reformas redujeron la desigualdad social y regional y democratizaton la propiedad y el capital.

En su libro, Althaus refuta con un lenguaje sencillo y elocuente los mitos corrientes acerca del desarrollo económico y social del Perú de los últimos 15 años y demuestra cómo está en marcha una transformación que tiende a reducir la brecha entre Lima y las provincias.

Los mitos:
1. El mito de la “desindustrialización”: No se ha desindustrializado el país ya que la participación de las exportaciones de manufacturas en el PIB continúa siendo la misma con la diferencia de que ahora estas son de mayor valor agregado y más integradas a los recursos locales. Entre 2006 y 2006 el empleo manufacturero se aumentó por caso 20%.

2. El mito del arrasamiento de la producción de alimentos: Perú pasó de ser importador neto de leche en polvo (LEP), azúcar y papa a ser un competitivo exportador neto. La importación de LEP se redujo de 32.564 t. en 1997 a 5.870 t. en 2005 (ahora exporta). La importación de azúcar pasó de 300.000 t. en 1980 a 11.000 t. en 2003. Los cultivos de papas, arrasados por la eliminación de las tierras como capital a raíz del gobierno de Velasco Alvarado, se redujeron de 300.000 has. en 1970 a 146.000 en 1990. Luego de la liberalización comercial, se está recuperando el nivel de cultivos de papas habiendo en 1997 240.000 has. sembradas.

3. El mito de la reprimarización del modelo primario exportador: exportaciones no tradicionales crecieron cuatro más en volumen. Además se evidencia un creciente valor agregado en todas las ramas–agricultura, pesca, maderas (58% manufacturada), textiles, entre otras.

4. El mito del incremento de la desigualdad: entre 1991 y 2006 el ingreso del cuarto más pudiente de la población peruana creció por 13,5% mientras que el del cuarto más pobre por 145,5%. La tasa de crecimiento del ingreso del sector más pobre ha sido consistentemente mayor a la tasa de crecimiento del sector más pudiente desde 1991 con la excepción del periodo de recesión inducido por la crisis asiática (1998-2001).

5. El mito de la globalización excluyente: el crédito de consumo e hipotecario pasó de 8% en 1995 a 24,3% del PIB en 2005; el sistema privado de pensiones ha permitido que 2′100.000 peruanos pasen a participar de las ganancias de las empresas nacionales y transnacionales más importantes del país; y la cobertura de servicios básicos como telefonía y electricidad ha aumentado considerablemente luego de que ambos fuesen privatizados (parcialmente en el caso de la electricidad).

6. El mito de la desnacionaización de la economía: han aparecido nuevos grupos de extracción popular como nunca antes (Añaños de Big Cola, Wong con sus hipermercados, Huancaruna, entre otros) y por primera vez muchos se han internacionalizado (los Añaños ponen a temblar a los ejecutivos de Coca Cola cada que ingresan a un mercado nuevo). De ser país expropiador los peruanos han pasado a ser víctimas de expropiación como sucedió con la empresa peruana de metalmecánica nacionalizada por Evo Morales.

"La revolución capitalista en el Perú", que se publicó en el Perú, Argentina y España, permaneció entre los 10 más leídos y se agotó poco después de su presentación en julio del 2007.

Una obra vital en el debate político-económico de hoy en América Latina.
 
Algunos comentarios sobre el libro:

"En sus más de 330 páginas De Althaus enfrenta y destruye con valentía y solvencia profesional los mitos subyacentes con los que la izquierda oligárquica internacional vienen confundiendo a la población peruana, a falta de quien los cuestione con argumentos sólidos y estructurados como lo hace De Althaus. Los mitos de la supuesta des-industrialización del país, del supuesto fortalecimiento del modelo primario exportador, de la supuesta inexistencia de impulso de demanda interna, de la negada –en el mito– redistribución de riqueza entre Lima y las regiones, y, como resultado de los anteriores, el Gran Mito del incremento de la pobreza y de la desigualdad, como fruto de la transferencia del poder del Estado al ciudadano (modelo de mercado versus estatismo populista), caen como castillos de naipes ante la evidencia cuantitativa y factual que se presenta en el libro".
José Chlimper

“Escrita en un lenguaje perfectamente asequible y con un estilo elocuente, fluido y analítico, esta obra es una gran síntesis de los cambios institucionales y estructurales ocurridos en el Perú desde 1990, dentro de un marco interpretativo original y renovador. Polemiza con los mitos acerca del impacto del mercado y la globalización, y demuestra cómo las reformas redujeron la desigualdad social y regional y democratizaron la propiedad y el capital. Esta es una obra vital en el debate político-económico de hoy en América Latina. Este libro aporta nuevas luces a ese debate, porque encuentra relaciones y efectos antes no señalados en los procesos nacionales de modernización de mercado".
Hernando de Soto

“La revolución capitalista en el Perú es una excelente obra de investigación, reportaje y análisis, de un observador privilegiado de la realidad peruana. De Althaus ha escrito un libro que permanecerá vigente por muchos años”.
Andrés Oppenheimer

“Jaime de Althaus ha escrito un libro magnífico y sorprendente sobre el Perú. En él exhibe y defiende una visión razonadamente optimista del despegue económico que experimenta su país. En la obra que debiera ser lectura obligada en todas universidades demuestra que la libertad económica, el mercado, el capital y las ideas modernas de una parte sustancial de la sociedad van logrando algo que, de prolongase, acabará por ser conocido como el milagro peruano”.
Carlos Alberto Montaner

Algunas críticas y la respuesta de Althaus.
 
Algunos críticos podrían decir que Althaus peca de optimista, y que sus datos no son suficientemente contundentes. Por ejemplo, según datos del INEI, entre 2004 y 2006, años de un importante crecimiento económico, la pobreza en efecto se redujo de un 48.6 a un 44.5%, y la pobreza extrema cayó de un 17.1 a un 16.1%. Sin embargo, en zonas rurales casi no hubo cambios, y los datos sugieren incluso que la pobreza hasta pudo haber aumentado, dado un sesgo costeño y urbano del crecimiento. La crítica sería entonces que el estilo de crecimiento es segmentado, con capacidades limitadas de arrastrar al conjunto del país.
 
La respuesta de Althaus es que, si bien el mercado ha cumplido con su parte del trabajo, no así el Estado, quien debería encargarse de las funciones distributivas. El autor concentra su crítica a la inacción del Estado en tres aspectos: la estructura de la propiedad agraria, la legislación laboral y unos regímenes de privilegio en la administración pública, especialmente críticos en áreas clave como educación y salud, donde se enfrentan resistencias al cambio como consecuencia de ideologías clasistas. Sin embargo, tal vez esta crítica peca también de mantener un sesgo urbano y moderno, que no alcanza realmente a las zonas rurales, menos articuladas al mercado, donde se concentra la pobreza. Ese es el desafío que tiene el ambicioso programa del autor y el liberalismo en general en el Perú.
 
Puede acceder a la entrevista que le hizo el diario El Comercio al autor del libro aquí.

Fuentes: Perú21 / Perubookstore / ElComercio / Libremente.org

sábado, 17 de julio de 2010

Travesía liberal


*Análisis del libro Travesía liberal de Enrique Krauze escrito por Edwin Zarco

Acabo de terminar de leer este libro y puedo asegurar que hace honor a su nombre, ya que desde sus primeras página hasta la parte final del mismo, te envuelve en un travesía que no solo te acerca a experiencias donde la libertad juega un rol protagónico, sino que además, esas experiencias son contadas por sus propios protagonistas o sus más dignos estudiosos. Asimismo, es innegable la esencia histórica que se aprecia en este libro, esa esencia cultivada por el magnifico trabajo que realiza el historiador Enrique Krauze, que te permite disponer o entender hechos entorno a la libertad desde una perspectiva histórica.

El libro presenta cuatro partes: La historia no tiene libreto, El orbe Hispánico, Odios teológicos y Destino imperial. La primera parte se inicia con una entrevista al maestro Isaiah Berlin, donde se resalta la importancia de sus aportes para generar una luz de libertad en aquel periodo donde el mundo estaba oscurecido por el socialismo y donde un personaje de la estirpe de Isaiah Berlin fue uno de los que expreso una posición clara y sensata frente a esas acciones totalitarias como la ejecutada por la ex Unión Soviética, donde se imponía por la fuerza un orden sin la comprensión de la gente. Sobre ese punto, Isaiah Berlin nos aclara que cualquier imposición de una verdad que supuestamente traerá la solución a los problemas, siempre ocasionaría un abuso a la libertad de sus opositores. A la vez nos aclara, que una de las creencias mas fatales que puede abrigar un ser humano es la incapacidad de admitir que hay valores en conflicto.

Luego, la travesía liberal nos lleva a una entrevista con Leszek Kalakowski uno de los intelectuales que ha estudiado con mayor detalle las fatalidades del pensamiento Marxista, y que en esta ocasión nos hace recordar que el proyecto que Marx tenía de una sociedad perfecta apuntaba a la centralización de todos los medios productivos, a la nacionalización universal, y eso implicaba nacionalizar a las personas, abolir la propiedad privada; aspectos custodiados por una clase dominante caracterizada por imponer una tiranía rígida, una tiranía basada en conseguir una utopía que nada tenía que ver con la realidad, una utopía que en el caso de la URSS, mediante la nacionalización de las personas logró un estado de esclavitud, represión y despotismo.

Luego el viaje nos lleva a Polonia, y ahí somos testigos, en pocas líneas, del atentado que sufrió la libertad en los doce años de hitlerismo, atentado que destruyo el humanismo europeo. A través de esas líneas comprendemos las penurias que paso el pueblo polaco y la magnitud de esa sombra fascista y antisemita que destruyo la libertad y la vida de muchas familias. Pero a la vez, en otro capitulo vemos lo ejemplar que fue La Revolución de Terciopelo que tuvo como su lugar más representativo la plaza de San Wenceslao de aquella Checoslovaquia de 1989, donde los escritores, artistas, estudiantes, maestros e intelectuales nos enseñaron como un pueblo secuestrado por la ideología comunista logró su libertad mediante una revolución pacífica que les devolvió su vida digna.

La segunda parte trata sobre el Orbe Hispánico, ahí nos dirigimos hasta México donde recibimos los respuestas aleccionadoras que parten de una entrevista a Octavio Paz, quién nos lleva por aquellos pasajes de la revolución zapatista y el análisis de las acciones de Porfirio Díaz desde una perspectiva del liberalismo, de estos temas y otros temas rescatamos de Octavio Paz la importancia que tiene la crítica, la defensa de la democracia y el enfrentamiento con el totalitarismo, como elementos fundamentales para lograr la modernidad de un País. Luego pasamos a una entrevista con el historiador Hugh Thomas quién nos da luces sobre la guerra civil española y la historia de Cuba, donde resalta lo nefasto de los nacionalismos y el peligro de hombres que cautivaron a otros hombres para lograr consolidar sus ideas conspiradoras, caso de Stalin, Hitler y Fidel Castro.

Luego Enrique Krauze nos presenta un análisis de cuatro paradigmas que han caracterizado a nuestra Latinoamérica y que son importante para cualquier análisis que queremos hacer en la actualidad, esos paradigmas son: el militarismo, el marxismo revolucionario y universitario, el caudillismo populista y la economía estatizada y cerrada; paradigmas que debemos enfrentar, ya que lamentablemente están ahí esperando el momento de aparecer para atentar contra la libertad del individuo. Pero Enrique Krauze complementa este análisis con otro capitulo donde nos presente los aportes de Alexis de Tocqueville con su obra La Democracia en América, aportes que nos permiten comprender que una de las razones que no permitieron que la democracia liberal prendiera en Latinoamérica tal como en Estados Unidos, fueron nuestra costumbres, como dice Tocqueville esos hábitos del corazón, y no solo eso, sino también las opiniones e ideas que se podrían catalogar como los hábitos del espíritu. Esos hábitos influidos por la religión, la ignorancia, la falta de tolerancia, la imposición, el veto a la crítica y el caudillismo, que llevaron finalmente a engendrar ese nuevo monstruo llamado Populismo. Finalmente, para terminar el viaje por el Orbe Hispánico, Enrique Krauze nos presente un análisis sobre la nefasta influencia de la religión a través de ese engendro que fue la Teología de la Liberación que solo creó violencia en nuestros Países y una influencia en los pueblos indígenas que retrasaron su camino hacia la libertad y prosperidad. De esto último, rescatamos la importancia que tiene considerar a la diversidad cultural, y sobre todo, el reto que tenemos en Latinoamérica, sobre como abordar ese punto desde la libertad y el derecho.

La tercera parte que se refiere a los odios teológicos, parte que te deja en un estado de reflexión y pensamiento que no se aleja de cierto temor, ya que te revela que aquel enemigo de la libertad que fue el comunismo y socialismo que murió en 1989 en la mayoría de lugares donde ejerció su macabro poder, pasa la posta a otro enemigo, tal vez mucho más peligroso, nos referimos al fundamentalismo de Oriente Medio y su guerra santa y todo lo que eso implicaría en los estados democráticos. Al respecto Enrique Krauze a partir de algunas entrevistas y análisis, nos presenta detalles sobre el conflicto Israel-Palestina, y el dolor que se vive en esos territorios donde cada día se destruyen la libertad y la vida de sus individuos, y que se intensifica por las proclamas de aquellos profetas de guerra tanto de Israel como de Palestina.

Lo peor es que a partir de este conflicto y otros elementos como la religión están naciendo dos cosas sumamente perniciosas contra la libertad del individuo, la primera, la aparición de un antisemitismo de izquierda promovido por los académicos que hacen resurgir a las viejas consignas hitlerianas y por otro lado el resurgimiento del Islam en su vertiente más demencial y destructiva. Al respecto, Enrique Krauze entrevista a Bernard Lewis uno de los más reconocidos estudioso de la cultura islámica, quién nos presenta datos sorprendentes como: el desconocimiento que tiene la cultura islámica sobre la cultura occidental, la estructura de poder tradicional islamista que no se amolda por ningún motivo a la democracia, el uso de la propia vida para atacar al enemigo, el odio hacia occidente como parte de lo establecido en su propia religión, el propósito de Bin Laden y la globalización del terror y el fracaso de llevar la democracia a una cultura que no comulga con los valores democráticos (caso contrario como si sucede en Israel). Lo peor de todo, es que este enemigo de la libertad es muy peligroso y todavía no ha cambiado su consigna y meta que es atacar a occidente y recuperar el imperio que alguna vez tuvo el Islam.

Finalmente, la cuarta parte que se denomina Destino Imperial, inicia con una entrevista al historiador Paul M. Kennedy quién nos da luces sobre la historia natural de los imperios, tomando como caso de análisis, la realidad de Estados Unidos y su influencia en el mundo, sobre este punto, se analiza los cimientos que tiene una fuerza imperial, cimientos basados en: el poderío militar, el empresariado, la innovación, la tecnología, la pluralidad política y las ventajas geográficas. También en otro capitulo, conocemos las experiencias que Estados Unidos ha tenido exportando la democracia y contribuyendo a fomentar la libertad en la Europa devastada por la segunda guerra mundial, pero a la vez conocemos algunos casos irónicos como el apoyo de Estados Unidos a muchos gobernantes dictadores del mundo. Pero a todo esto, se logra rescatar lo bueno del espíritu de esta nación, me refiero a ese instinto y amor por la libertad, el constitucionalismo, la práctica de la democracia liberal, los límites al poder, la liberación de la capacidad personal, el fomento de la competencia y la empresarialidad, que son elementos que la convirtieron en una nación prospera y libre.

Después de esta larga reseña solo me queda decir que la Historia siempre nos dará muchas lecciones que no debemos olvidar, lecciones que nos demuestran que hubo tiempos terribles contra la libertad, pero también tiempos buenos, pero sobre todo enseñanzas que no debemos dejar de lado para analizar lo que sucede en nuestro presente y lo que pueda suceder en nuestro futuro.
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*Edwin Zarco es Sociólogo con maestrías en temas ambientales y becario de la Fundación Friedrich Naumann . Blog de Edwin Zarco: Libre lectura
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sábado, 10 de julio de 2010

La acción humana

Una breve descripción y un excelente ensayo de Juan Ramón Rallo con motivo del 60 aniversario del clásico de Ludwig Von Mises el año pasado y publicado por Libertad digital, son parte de este post sobre uno de los libros que ha marcado la historia del liberalismo.

La acción humana: Tratado de economía es el opus magnum del economista austriaco Ludwig von Mises, escrito en 1949 en idioma inglés (como Human Action). En él se presenta una causa por el capitalismo laissez faire sobre la base de la praxeología de Mises, una investigación racional sobre la toma de decisiones de las personas. Rechaza el positivismo dentro de la economía.

Defiende una epistemología a priori, utilizando el método deductivo, y sustenta la praxeología con base en el individualismo metodológico y las leyes de la certeza apodíctica. Mises sostiene que la economía de mercado no sólo supera cualquier sistema de planificación gubernamental, sino que en última instancia sirve de fundamento de la propia civilización.

Nationalökonomie: Theorie des Handelns und Wirtschaftens de 1940 es la predecesora en idioma alemán de La acción humana.

El cálculo económico y monetario, el funcionamiento del mercado y la formación de los precios, el dinero, el interés y el crédito, los ciclos económicos, la crucial función del empresario y de los factores de producción, especialmente el capital y el trabajo, el papel del gobierno en la economía, el intervencionismo, la manipulación del dinero y el crédito, la fiscalidad, la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, el sindicalismo, el corporativismo, la economía de guerra, así como el lugar que la Economía ocupa en el sistema de las ciencias y en la sociedad, etc., son los principales temas que conforman esta obra magistral, formidable construcción teórica realizada -en palabras del principal discípulo de Mises, el Premio Nobel Friedrich A. Hayek- por "uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo".

El libro que me convirtió en economista

*Por Juan Ramón Rallo

Si a algún hecho lo considerara un demarcador especial entre el ser y el no ser economista, ese sería sin duda la lectura de La acción humana, de Ludwig von Mises.

Terminé el libro bastante antes que la carrera, y ya entonces imaginé que con su estudio había aprendido más economía de la que iba a aprender nunca en la universidad. No porque La acción humana sea una especie de Biblia –desde luego, no lo es–, ni porque con ella se completara el desarrollo de la teoría económica –que tampoco–. No: si La acción humana es un libro imprescindible para un economista es porque se trata, probablemente, del tratado de economía política más completo y sistemático escrito hasta la fecha.

Y esto tiene dos indudables ventajas. La primera es que Mises ha leído y asimilado una enorme cantidad de literatura económica, que le ofrece al lector masticada y desbrozada. Nos permite así encaramarnos sobre sus gigantescos hombros para pensar más en el futuro y menos en el pasado. Pero su auténtico punto fuerte no es el tiempo que en apariencia nos ahorra, sino la perspectiva analítica que nos ofrece. Leyéndolo se aprende a pensar en términos económicos: partiendo del individuo y de sus decisiones y juicios subjetivos es como se va conformando la estructura productiva de una sociedad; sobran aquí los agregados de distinta índole que sólo sirven para enmascarar la ignorancia con gráficas y fórmulas matemáticas. Esta perspectiva no te abandona nunca, y sólo bajo su guía se han producido –y se seguirán produciendo, como ya avisara Hayek– los avances en nuestra ciencia.

Resulta impresionante cómo, partiendo de la acción individual, Mises entreteje todos los fenómenos económicos: la formación de los precios, de los mercados, del dinero, del crédito o de los ciclos económicos; no existe en su obra una artificial separación entre micro y macroeconomía, sino que todas las realidades económicas están interrelacionadas y pueden retrotraerse hasta su expresión más básica: la acción humana.

Pues bien, en 2009, éste que es el mejor libro del que probablemente sea el mejor economista de la historia cumple 60 años. Con su publicación, en 1949, contribuyó a salvar a la Escuela Austriaca de la desaparición –y, más importante, a toda una tradición continental que surge con la Escuela de Salamanca y pasa por Richard Cantillon, Ferdinando Galiani, Étienne Bonnot de Condillac, Jacques Turgot, Jean-Baptiste Say, Frédéric Bastiat, Wilhelm Roscher, Carl Menger y Eugen von Böhm-Bawerk–, y con ella evitó que la economía degenerara por completo en un yermo erial de ocurrencias, medias verdades, enteras falsedades y herramientas inútiles.

Pese al tiempo transcurrido, La acción humana está lejos de haberse quedado desfasada o de haber sido superada por los acontecimientos. Es más, ante el colapso de la credibilidad de la economía ortodoxa, ante la comprobación de la irrealidad y fiasco de sus modelos, se trata de una obra de plena actualidad.

Como digo, tuve la oportunidad de leerla hace ya unos cuantos años, cuando por fortuna sabía bastante menos economía que ahora.

De hecho, y casi paradójicamente, el paradigma que me proporcionó este tratado me ha llevado en múltiples ocasiones a pensar que Mises se equivocó y que varias de sus teorías no encajan del todo en el complejo mundo en el que vivimos ahora. Al fin y al cabo, la sociedad que él conoció era muy distinta: el dinero fiduciario no lo había invadido todo, los derivados financieros ni siquiera existían y los Estados de Bienestar apenas habían comenzado a desarrollarse.

Sin embargo, cuando releo a Mises intentando encontrar sus fallas me doy cuenta, la mayoría de las veces, de que cuando yo he ido, él ya ha vuelto. Es cierto que sigo manteniendo ciertas diferencias irreconciliables con él, en asuntos en los que estoy seguro de que se equivoca, pero en muchas otras ocasiones sólo me queda concluir que las objeciones que había desarrollado contra sus argumentos ya las había tenido él en cuenta, analizado enteramente y refutado en unas pocas líneas.

Y es en esos momentos en los que me rindo ante la elegancia del austriaco y comprendo que una sola lectura de La acción humana no es suficiente: la riqueza intelectual que contiene cada uno de sus párrafos es demasiado grande como para apreciarla y comprenderla en toda su magnitud sin que, gracias a otras lecturas de muchos otros autores, te surjan de manera espontánea las mismas dudas que le surgieron a Mises.

La acción humana es un tesoro no sólo para iniciarse en la economía y convertirse en economista, sino para conseguir que la teoría económica siga perfeccionándose. Incluso sus errores me resultan sugerentes, porque son fruto de un largo razonamiento previo que tuvo en cuenta muchas más variables y argumentos de los que probablemente yo esté teniendo presentes. Los fallos de Mises son una alerta inequívoca de que existe un error mucho más profundo, compartido por la inmensa mayoría de los economistas, que hay que desentrañar con cuidado, precisión y prudencia.

No voy a decir después de esto, claro, que La acción humana sea un libro de fácil lectura y comprensión. No lo es. Su estructura ya supone un obstáculo para quien quiera iniciarse en la ciencia económica: suelo aconsejar a la gente que deje para el final las 150 primeras páginas –que versan sobre metodología de la Economía– y comience por el capítulo IV: "Un primer análisis de la categoría de la acción". Pero aun así el lector se enfrentará a un tratado complejo, largo y sesudo: a una obra de arte que lo abarca prácticamente todo en materia de economía.

A cambio de su dedicación, el esforzado lector alcanzará la excelencia de convertirse en economista. Porque la acción humana no tiene sustitutos, ni siquiera dentro de la propia Escuela Austriaca; sin duda hay muchos otros caminos para adquirir las destrezas económicas, pero ninguno puede convalidarse con su atento estudio. Es la cristalización de los conocimientos más elevados de una época; conocimientos que, por desgracia, todavía no se han visto superados, corregidos y mejorados. Conocimientos con los que se formaron economistas como Friedrich Hayek, Lionel Robbins, Fritz Machlup, Gottfried von Haberler, Oskar Morgenstern, Murray Rothbard, Israel Kirzner, Ludwig Lachmann, George Reisman o incluso Alan Greenspan.

En ocasiones, el peso intelectual de La acción humana es tan grande que resulta difícil superarlo nadando a contracorriente de lo que parecen ser inapelables conclusiones; tan enorme es su influencia, que a veces algunos deseamos poder librarnos un poco de ella para explorar nuevos horizontes. Pero mucho me temo que sólo colocándonos ese corsé, para luego descubrir que puede y debe ser aflojado, lograremos algún día construir algo nuevo y bueno sobre el monumento intelectual que supone el legado de Mises.

Puede que obtener el título de licenciado (o doctor) en Economía resulte útil o incluso imprescindible para que podamos cumplir muchos de nuestros objetivos vitales. Pero, desde luego, si se quiere dominar la ciencia económica y contribuir a perfeccionarla, si uno quiere llamarse economista, el mejor camino sigue siendo, como hace 60 años, La acción humana de Ludwig von Mises.



La acción humana es una conducta consciente, movilizada voluntad transformada en actuación, que pretende alcanzar precisos fines y objetivos; es una reacción consciente del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es una reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que está influyendo en la vida del sujeto. pg.16

Fuentes: Unión Editorial / Libertad Digital

sábado, 3 de julio de 2010

En defensa del capitalismo global

En defensa del capitalismo global  nace como un ensayo que defiende el capitalismo global frente a sus críticos, que argumentaban un aumento de las diferencias entre ricos y pobres. El libro ha sido editado en más de 20 países y ha generado un documental dirigido por Norberg que lo ha llevado a mostrar la tesis de su libro viajando a diversos lugares de la aldea global.

A continuación una reseña hecha del libro por  William H. Peterson para el Washington post y traducido en la web del Cato Insitute por Juan Carlos Hidalgo:

En defensa del capitalismo global

*por William H. Peterson
William Peterson es académico adjunto de la Heritage Foundation y colaborador de la revista Ideas on Liberty de la Foundation for Economic Education.

Parafraseando a Ronald Reagan, ahí van de nuevo: Desde Seattle a Génova y Québec y de Washington a Cancún, en reuniones internacionales como las de la Organización Mundial del Comercio o del G-8 de naciones industrializadas, manifestantes rabiosos, la mayoría de ellos jóvenes, marchan en las calles, desafían los gases lacrimógenos, protestan contra el capitalismo global, denuncian a Nike, y destruyen los ventanales de McDonald's.

Los manifestantes por supuesto desconocen la verdad latente en un viejo lema de IBM, "Paz Mundial a través del Comercio Mundial", o el eterno mensaje del periodista y legislador francés del siglo XIX Frédéric Bastiat, tal y como es invocado por autor de este libro. Bastiat dijo, "si los bienes no cruzan las fronteras, los ejércitos lo harán".

De tal forma que, ¿quién se pondrá de pie y defenderá al libre comercio y al capitalismo global? ¿Quién contestará las verdades a medias de que los ejecutivos de las multinacionales, conducidos por las ganancias, están llevando la manufactura y exportando empleos a México y China con el fin de explotar la mano de obra barata del extranjero?

Yo postulo a Johan Norberg, quien una vez fuese un autoproclamado anarquista-manifestante en su adolescencia, y ahora es un escritor apasionado y articulado que buscar difundir la paz y la prosperidad a un mundo malhumorado y cansado de la guerra. Felicito al Cato Institute por adquirir los derechos estadounidenses de In Defense of Global Capitalism (En Defensa del Capitalismo Global), un libro que ha causado sensación en Europa, donde fue publicado por su editorial original, Timbro, un centro de estudios políticos sueco en donde Norberg es académico. Lo aclamo por presentar su caso en favor de la globalización con estadísticas y hechos sólidos, gráficos y barras, y bastantes ejemplos de carne y hueso sacados de sus viajes a Asia, África y Cancún.

Bueno, ¿y qué hay de Nike explotando a los pobres en Asia? ¿Pero quién está explotando a quién? Norberg señala que en Vietnam, donde el salario mínimo anual es de $134, los trabajadores conectados a Nike estaban recibiendo $670, o cinco veces más. En Indonesia el salario mínimo era de $241, pero los proveedores de Nike estaban pagando $720. Además, indica Norberg, Nike se asegura que sus subcontratistas de calzado estén siempre listos a abrir sus plantas a inspectores imparciales. Definitivamente no son fábricas en donde se explotan los trabajadores. A los empleados de Nike les gustan sus trabajos-y también les gustan Nike. Así como a sus verdaderos patronos, los millones de consumidores de Nike alrededor del mundo.

Sí, Norberg ve a los puestos de trabajo como situaciones dinámicas aquí y en el extranjero, conforme las oportunidades de trabajo son comerciadas de un país a otro, incluso de una región dentro de un mismo país a otra. Norberg nos recuerda que el comercio no es dirigido por los ejecutivos de las transnacionales sino por consumidores soberanos que compran y que buscan mejores oportunidades. Ese poder de los consumidores y el libre comercio son el alma del capitalismo, de la paz y de la civilización.

Sí, se han perdido empleos en Estados Unidos, pero en números netos, a pesar de un gran aumento en el comercio extranjero estadounidense como porcentaje del PIB, el número de puestos de trabajo civiles en este país creció de 120.259.000 en 1993 a 136.485.000 en el 2002 (un año con un crecimiento moderado en el PIB), o una ganancia en 10 años del 13% de acuerdo con los datos del Departamento del Trabajo. Norberg invoca el pensamiento del economista Joseph Schumpeter de que lo que atestiguamos aquí es una reducción de la pobreza global y una mejora en los niveles de vida mundiales—o aspectos elementales de la "destrucción creativa".

Los niveles de vida mundiales (incluyendo el de Estados Unidos) habrían mejorado mucho más rápido, dice el autor, si las naciones Occidentales, Japón, e incluso su Suecia natal disminuyeran los subsidios a las industrias domésticas, especialmente a la agricultura. Los subsidios al algodón estadounidense, por ejemplo, lastiman a los pobres agricultores de algodón africanos, además de a los consumidores del producto en Estados Unidos que son golpeados dos veces, con impuestos más altos y con precios más altos de los productos hechos de algodón.

Norberg ataca las políticas estadounidenses después de la quiebra de Wall Street en 1929. Estados Unidos adoptó un proteccionismo excesivo—el arancel Smoot-Hawley de 1930, el arancel más excesivo y amplio en la historia estadounidense—el cual tuvo un efecto mortal. Los otros gobiernos respondieron similarmente. El comercio mundial cayó en dos tercios. Sin duda alguna esa caída ayudó enormemente a que la Segunda Guerra Mundial ocurriera.

El ingenio y la sabiduría de Johan Norberg pueden ser vistos en una columna reciente que escribió para el Investors Business Daily, la cual se basa en su perspicaz libro. Como él escribiera: "Este es el momento para iniciativas de libre comercio claras y sinceras. Quizás Estados Unidos necesita un candidato presidencial como el que en el 2000 dijera 'Yo pretendo trabajar para acabar con las barreras y los aranceles en todas partes de tal forma que el mundo entero comercie en libertad. El temeroso es el que construye muros. El seguro es el que los derriba'. Ese candidato fue George W. Bush. ¿Adónde se habrá ido?"

*Esta reseña fue publicada originalmente en el Washington Times, el 23 de septiembre de 2003.
**Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

A continuación la primera parte del documental de Johan Norberg: "La Globalización es buena"


Seguna parte del documental:


Tercera parte del documental:

sábado, 26 de junio de 2010

Rumbo a la Libertad.

* Por Carlos Alberto Montaner

¿Puede América Latina superar el subdesarrollo y dejar de ser el segmento más pobre y desesperanzado de Occidente?

El escritor peruano Alvaro Vargas Llosa cree que sí, y en un bien documentado libro que acaba de publicar explica por qué suelen fracasar las reformas en esta parte del mundo, y cómo se podría lograr el milagro de que, algún día, los latinoamericanos alcancen la prosperidad, el progreso técnico y el buen gobierno. La obra, amena pese a la densidad del tema, fruto de dos años de investigación en el Independent Institute de California, se titula Rumbo a la libertad, y, simultáneamente, la han editado en inglés Farrar, Straus and Giroux (Liberty for Latin America), y, en español, en Argentina, para todo el continente, la editorial Planeta.

El subtítulo, que fue el punto de partida de esta penetrante indagación, es una provocación en forma de pregunta: “¿Por qué la izquierda y el neoliberalismo fracasan en América Latina?” En efecto, América Latina ensayó sin éxito diversas formas de socialismo durante casi todo el siglo XX. Desde el estalinismo castrista hasta el fascismo peronista, con escalas en el Brasil de Getulio Vargas, el PRI mexicano o la Nicaragua sandinista, todo el espectro del autoritarismo, del intervencionismo y del dirigismo estatal fue puesto a prueba alcanzando diversos grados de catástrofe.

Ante estos continuados desastres, a partir de finales de los ochenta del siglo pasado, y durante toda la siguiente década, comenzaron las reformas hacia el mercado y la desregulación, dirigidas –entre otros- por César Gaviria, Carlos Salinas de Gortari, Gonzalo Sánchez de Lozada, Carlos Menem, Luis Alberto Lacalle y Fernando Henrique Cardoso, políticos muy diferentes, pero unidos en la convicción de que todas las versiones del populismo latinoamericano habían fracasado sin remedio y se hacía necesaria una nueva estrategia.

Sin embargo, pocos años más tarde el pesimismo también se extendía al campo de los reformistas, llamados “neoliberales” por sus encarnizados enemigos neopopulistas. Aparentemente, el abandono del estatismo no había producido efectos beneficiosos, aumentaba el número de pobres y se producían graves desastres financieros, como el que destruyó el valor de la moneda argentina o el que produjo la brutal devaluación del real brasilero en un 40 por ciento.

¿Qué ocurría? ¿Por qué en América Latina “todo” suele fracasar? Alvaro Vargas Llosa tiene una explicación audaz pero coherente: ni los rasgos culturales ni las instituciones prevalecientes en América Latina conducen a la estabilidad y a la prosperidad creciente. Y ni siquiera es la consecuencia de la herencia ibérica, como se ha dicho tantas veces, pues en las civilizaciones precolombinas, dentro de sus propios códigos, también existían cinco elementos parecidos a los que hoy impiden o retardan el progreso: el corporativismo, el mercantilismo de Estado, los privilegios, la redistribución arbitraria de recursos y la politización del Derecho.

Las reformas neoliberales, definidas en el llamado Consenso de Washington, no habían fracasado porque fueran erróneas, sino porque eran insuficientes y porque no habían ido a la raíz cultural e institucional del problema. Si cinco eran los males de fondo que obstaculizaban el despegue de los latinoamericanos, al menos tres deberían ser las medidas encaminadas a corregir esos viejos problemas: expurgar de reglas inútiles la copiosa legislación que entorpece el desarrollo, legitimar las transacciones espontáneas hechas por las personas y eliminar el sectarismo y la politización del poder judicial. En otras palabras, liberar a los ciudadanos del peso muerto de un Estado opresor que mantiene en la miseria a una buena parte de ellos. Llevar a cabo esa reforma era, según Vargas Llosa, poner proa a la libertad.

Naturalmente, la disminución súbita del peso del Estado produciría efectos que pudieran ser nocivos. Al fin y al cabo, el mercantilismo o el corporativismo, aún cuando mantienen en la pobreza a la mitad de la población latinoamericana, constituyen una especie de muy imperfecto modelo de relación entre la sociedad y el Estado, del que derivan su forma de vida decenas de millones de personas que en una primera fase pudieran quedar aún más desamparadas de no existir una forma gradual de readaptarlas a un modelo caracterizado por la libertad y la responsabilidad individual.

Es a eso a lo que Vargas Llosa llama “un aterrizaje amable”: la reforma que propone exige graduar y atenuar el cambio hasta que la sociedad civil alcance totalmente el control de su destino y transforme a los funcionarios del gobierno en verdaderos servidores públicos. Cuando eso se logre, América Latina habrá dejado de ser el pariente pobre de Occidente. La libertad la habrá redimido de siglos de opresión y miseria. Un excelente libro, en fin, para alimentar el eterno debate.



sábado, 19 de junio de 2010

Camino de servidumbre

Camino de servidumbre ("The Road to Serfdom") es un libro escrito por Friedrich Hayek, Premio Nobel de Economía 1974.

Publicado por primera vez por Rouledge Press en marzo de 1944 en el Reino Unido, y en septiembre del mismo año por la Universidad de Chicago en EEUU. En abril de 1945 Reader's Digest publicó una versión ligeramente abreviada del libro, que llegó a alcanzar una difusión de 600.000 lectores. Alrededor de 1950 se publicó en Look Magazine una versión ilustrada, posteriormente convertida en folleto por General Motors.

El libro ha sido traducido a unos 20 idiomas, y está dedicado "A los socialistas de todos los partidos". La introducción a la edición de su 50º aniversario fue escrita por Milton Friedman, también galardonado con el premio Nobel. Camino de servidumbre es una de las manifestaciones más populares e influyentes de la escuela austríaca en el liberalismo.

La tesis central del libro es que Socialismo y Totalitarismo son esencialmente lo mismo, dos retoños del colectivismo y éste, a su vez, un modelo de organización incompatible con la libertad humana. Para Hayek toda planificación económica, por leve que sea, se basa en la creación de un supuesto bien común o nacional que se constituye en objetivo general. Asi pues, la planificación económica conduce necesariamente hacia el totalitarismo y a la pérdida de las libertades individuales. En el libro, él usa tanto la Unión Soviética como la Alemania Nazi como ejemplos de países que han recorrido el "camino a la servidumbre" y llegado a esa situación. En sus palabras:

Cualquier política dirigida directamente a un ideal de justicia distributiva, es decir, a lo que alguien entienda como una distribución "más justa", tiene necesariamente que conducir a la destrucción del imperio de la ley porque, para poder producir el mismo resultado en personas diferentes, sería necesario tratarlas de forma diferente. Y ¿cómo podría haber entonces leyes generales?

Von Hayek argumenta que en una economía planificada no puede ser ni el pueblo ni sus representantes (el parlamento) los que lleven a cabo la planificación, localización y distribución tanto de recursos como de bienes producidos, sino que esa tarea recae sobre un grupo pequeño de "planificadores", (técnicos o economistas) grupo que, bienintencionado o no, será incapaz de obtener y procesar toda la información necesaria para llevar a cabo la tarea como se espera o en forma eficiente.

Continua von Hayek argumentando que desacuerdos acerca de los diferentes planes posibles, combinado con esa ineficiencia de los planificadores en el manejo de los recursos económicos disponibles, llevará inevitablemente al uso de la coerción a fin de obtener los fines deseados. Fallas en ese sentido serán percibidas, tanto por los planificadores como por el publico, como resultado de una falta de poder por parte del Estado para poder implementar una buena idea. Esa percepción llevaría al público a elegir a quienes proponen más poder para el estado. Lo mismo sucedería entre los planificadores, terminando con la llegada al poder de un "hombre fuerte", percibido como capaz de hacer lo que se necesita. Una vez completado lo anterior, el país inevitablemente termina en una dictadura.

Para von Hayek, el "camino a la servidumbre", inadvertidamente comenzado por los que buscan "justicia social", con su control y subsecuente desmantelamiento del mercado libre, termina con la destrucción de toda libertad económica y personal.

Von Hayek afirma que varias naciones democráticas están siguiendo el mismo camino que Alemania Nazi o la Rusia comunista: buscando una utópica justicia social y basándose en el principio que el fin justifica los medios, principio que él observa en "la ética individual se considera la negación de toda moralidad. En la ética colectivista llega a ser, de necesidad, la regla suprema".

Sin embargo, como el propio Hayek afirma "es importante no confundir la oposición contra este tipo de planificación con una actitud dogmática a favor del laissez-faire" pero tal oposición debe ser, en su opinión, dentro de un marco estricto: "Obviamente, el funcionamiento de la competencia requiere, y depende, de condiciones que nunca pueden ser totalmente garantizadas por la empresa privada. La intervención estatal siempre es necesaria pero la planificación y la competencia sólo pueden combinarse cuando se planifica para la competencia, no en contra de ella"

Von Hayek ofrece la siguiente observación, que podría haber servido de conclusión a su obra: "En el pasado, ha sido la sumisión a las fuerzas impersonales del mercado lo que ha hecho posible el desarrollo de la civilización. Es esta sumisión lo que nos permite a todos construir algo que es mayor que lo que cada uno de nosotros pudiera construir. Se equivocan terriblemente los que creen que podemos ayudar a dominar las fuerzas de la sociedad de la misma forma que hemos aprendido a dominar las fuerzas de la naturaleza. Esto no sólo es el camino hacia el totalitarismo sino también el camino hacia la destrucción de nuestra civilización y, ciertamente, la mejor manera de bloquear el progreso".

sábado, 12 de junio de 2010

Anarquía, Estado y Utopía


"Gravar con impuestos los beneficios del trabajo es igual que el trabajo forzado. Apoderarse de los resultados del trabajo de alguien es equivalente a apoderarse de sus horas y ordenarle realizar actividades varias".
Robert Nozick
Filósofo estadounidense (1938-2002).

Anarquía, estado y utopía es una obra de filosofía política escrita por Robert Nozick en 1974.

En oposición a Una teoría de la justicia de John Rawls, Nozick argumenta a favor de un Estado mínimo, "limitado a las estrechas funciones de protección contra la fuerza, el robo, el fraude, el cumplimiento de los contratos, etc". Cuando un Estado asume mayores responsabilidades que estas, argumenta Nozick, se violarán derechos. Para apoyar la idea de un Estado mínimo, Nozick postula como experimento mental un Estado "ultramínimo" e intenta demostrar cómo conducirá, a través de una mano invisible, a un Estado mínimo.

Nozick parte también de una de las principales conclusiones de Rawls, según la cual las desigualdades se justifican moralmente mediante la consecución de que los más desfavorecidos alcancen su mejor situación posible. Para Nozick, la distribución de bienes será positiva solo cuando se base en el consentimiento de cada individuo, incluso en caso de desigualdad. Para articular este argumento, apela a la idea kantiana de que las personas no deben ser tratadas de forma instrumental, sino como un fin en sí mismas. Sin embargo, la redistribución forzosa ve al individuo como una fuente de ingresos (instrumento).

Este libro libertario fue ganador del National Book Award en 1975 y ha sido traducido a 11 idiomas y calificado como uno de los "100 libros más influyentes desde la segunda guerra mundial" por el Times Literary Supplement.

La teoría de la titulación de Nozick, influida por John Locke, Immanuel Kant y Friedrich Hayek, la cual concibe a los seres humanos como fines en sí mismos y justifica la redistribución de bienes únicamente en condiciones de consentimiento, es un aspecto clave de Anarquía, estado y utopía.

El libro contiene una defensa del pensamiento libertario en contra de posturas más radicales, tales como el anarcocapitalismo, en el cual no existe el Estado y los individuos deben contratar con compañías privadas la totalidad de los servicios sociales. Nozick argumenta que el anarcocapitalismo se transformaría inevitablemente en un Estado minarquista, aun sin violar ninguno de sus propios principios de no-agresión, por medio del surgimiento eventual de una única defensa privada localmente dominante y una agencia judicial cuya alineación está en el interés de todos, ya que otras agencias carecen de la capacidad de competir efectivamente contra las ventajas de la agencia con la mayor cobertura. Por lo tanto, aun en la medida en que la teoría del anarcocapitalismo es correcta, resulta en un sistema inestable que no perduraría en el mundo real.

Su colega libertariano (pero anarquista) el economista Murray Rothbard crítico esta obra en su artículo "Robert Nozick and the Immaculate Conception of the State", señalando los siguientes puntos:
  • Ningún Estado ha sido "inmaculadamente concebido" en la forma contemplada por Nozick;
  • En la argumentación de Nozick el único Estado mínimo que podría justificarse sería el que emergería después del establecimiento de un mundo anarquista de libre mercado;
  • Por lo tanto Nozick, en sus propios términos, debería volverse un anarquista y esperar que opere su mano invisible; e
  • Incluso si un Estado se fundara inmaculadamente, las falacias de la teoria del contrato social implican que ningún Estado actual, ni siquiera un Estado mínimo, estaría justificado.

"Aquél libro, causó una honda influencia en el revival liberal en Estados Unidos. Además, prácticamente todos los intelectuales de izquierdas se han visto obligados a leer este estupendo trabajo. Hubo quienes le espetaron falta de claridad y otros que resaltaron que no fue capaz de explicar por qué los individuos tienen derechos, pero nadie pudo negar la oportunidad de que un filósofo de una institución tan importante como Harvard aportara su rigor para defender un ideario maltratado".
Gorka Etxebarría (Liberalismo.org)

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Fuentes: Wikipedia/Liberalismo.org


sábado, 5 de junio de 2010

La sociedad abierta y sus enemigos

"El marxismo murió de marxismo."
Karl Raymund Popper

La sociedad abierta y sus enemigos es una obra escrita por Karl Popper durante la Segunda Guerra Mundial y publicada por primera vez en Londres en 1945 por la editorial Routledge.

A lo largo de sus dos volúmenes Popper desarrolla una crítica del historicismo centrándose en las figuras de Platón, Hegel y Marx y concluyendo que dicha tendencia acaba desembocando en formas de totalitarismo.

¿Qué es una Sociedad Abierta?

Sociedad abierta es un término introducido por el filósofo Henri Bergson. De acuerdo a él, esas sociedades tienen gobiernos que son tolerantes y responden a los deseos e inquietudes de la ciudadanía con sistemas políticos transparentes y flexibles. Los órganos del Estado no mantienen secretos entre sí o del público. Ni el gobierno ni la sociedad son autoritarios y el conocimiento común o social pertenece a todos. La libertad y los derechos humanos el fundamento de la sociedad abierta.

Posteriormente, Karl Popper retomó el término en La sociedad abierta y sus enemigos, elaborándolo en conjunción con una proposición de Bertrand Russell y la define como el sistema político en el cual los líderes políticos o el gobierno son reemplazados sin necesidad de violencia o derramamiento de sangre, a diferencia de las sociedades autoritarias, en las cuales el mecanismo de reemplazo de gobiernos es la revolución o el golpe de Estado. Adicionalmente, el describe a esa sociedad abierta como aquella en la que los individuos tienen la necesidad de tomar decisiones personales; a diferencia con las sociedades tribales o a las dominadas por el pensamiento mágico o colectivista.

En la visión de Popper, las sociedades tribales y colectivistas no distinguen entre las leyes naturales y las costumbres y, en consecuencia, no es probable que los individuos desafien o cuestionen leyes o costumbres que ellos consideran tienen una base sagrada o natural. Así, los comienzos de una sociedad abierta se enmarcan en la observación de una distinción entre las leyes naturales y las hechas por el hombre y el consecuente incremento de la responsabilidad personal y la necesidad de responder moralmente por las decisiones. (nótese que Popper no ve esa situación incompatible con las creencias religiosas (Op cit. capitulo 5, parte III) Popper avanza a agregar que tanto el individualismo como la crítica social y el humanitarismo (la doctrina que el deber de los individuos es promover el bienestar humano) no pueden ser suprimidos una vez que la gente se hace consciente de ellos y que, por lo tanto, es imposible volver a o imponer una "sociedad cerrada".

El libro

La sociedad abierta y sus enemigos, fue escrita por Popper durante la Segunda Guerra Mundial desde su exilio en Nueva Zelanda. En ella el autor se propone aplicar a la política sus teorías sobre la ciencia y el avance del conocimiento. Al tiempo, Popper indaga en la historia de la filosofía para trazar los orígenes del totalitarismo que había desembocado en la guerra y en la radical crisis del pensamiento occidental. Es notable que, desde sus primeras páginas, Popper aborda el problema armado de un firme optimismo respecto a la naturaleza humana, pues afirma que el pensamiento totalitario y la destrucción asociada a él nacen del empeño sincero de los hombres en mejorar su condición y la de sus semejantes, si bien su buena voluntad descarrila al ser guiada por filosofías utópicas y metodológicamente equivocadas.

Popper plantea una interpretación de la historia del pensamiento político basada en la confrontación entre dos escuelas o visiones del mundo: a) una reaccionaria, que añora una comunidad cerrada y perfecta, heredera de la tribu. Platón (tomando los antecedentes de Heráclito) es su máxima expresión, seguido de Aristóteles y reeditado en el pensamiento moderno por Hegel (al cual, aparte del tono claramente sarcástico y cómico de su análisis, no le reconoce absolutamente nada) y b) otra racional y crítica, que nació en la Antigüedad clásica con la "Gran Generación" de la época de Pericles, a la cual pertenecen Sócrates y Demócrito. Dicha visión reconoce el limitado conocimiento humano a la cual atribuye el auténtico espíritu de la ciencia.

Popper hace una exégesis de la obra de Platón, y le atribuye la acuñación del esencialismo en la teoría del conocimiento y del historicismo en la teoría política. Partiendo de la teoría de las formas y las ideas, la tesis de Platón es que existe un mundo de las ideas que es perfecto, y que la realidad material en la que vivimos no es más que una copia imperfecta que tiende a la degeneración. Esta visión no sólo se aplica a la realidad natural, sino también a la política y social. La ciudad (la polis), modelo de sociedad fundamental en el mundo griego, tiende a la degeneración y decadencia al alejarse en el tiempo de la polis originaria y perfecta. La democracia, para Platón, es tan sólo un estadio más en la degeneración, de la cual la tiranía no será más que la última expresión. Platón de este modo plantea la situación en Atenas, su ciudad natal, como de decadencia al haberse instaurado la democracia y ver como en sus avatares se desliza a la tiranía. Para Platón el modelo ideal de ciudad es Esparta, una aristocracia de nobles que gobierna sobre el resto que no tiene más función de obedecer. Para mantener la unidad y la estabilidad la aristocracia debe mantenerse unida sin dar lugar a lujos ni disensiones. Mantiene que las disensiones políticas es el origen de la decadencia y que deben existir una radical división entre los hombres: entre los que dirigen y el resto que debe obedecer En el mantenimiento de este orden "perfecto" gira toda su concepción sociológica de Justicia.

A Aristoteles Popper no le concede más que el desarrollo de la Teoría de las Ideas en la doctrina de "potencia y acto" y en la instauración del esencialismo metodológico. Aristoteles no hace más que adoptar el mundo de las Ideas de Platón pero en vez de modo pesimista de un modo optimista. El desarrollo del mundo material no tiene por qué ser decadencia y alejamiento de la Idea Originaria sino de desarrollo de las potencialidades de las Ideas de modo que las cosas materiales no hacen más que desarrollar la esencia de la cual surgen en su devenir histórico. Esta idea sería repetida por Hegel al cual Popper no le atribuye más mérito que reeditar las viejas ideas de Heráclito, Platón y Aristóteles para construir una espantosa teoría política con la única finalidad de legitimar el poder absoluto de Guillermo de Prusia.

A Hegel le atribuye también la consolidación moderna del "historicismo" que sería la versión oficial de las ciencias sociales en el continente europeo durante todo el siglo XIX. Marx, aunque políticamente opuesto al modelo de Estado de Hegel, no haría más que aplicar el método historicista al análisis de la sociedad industrial de la época, llegando a la conclusión de que la lucha de clases es el auténtico motor de la historia, y que aplicando un "método científico" se llega a profecía de que la sociedad de dirige inexorablemente a la crisis final del capitalismo para la instauración de una sociedad sin clases en la que el Estado se disuelva y el hombre alcance la auténtica libertad. En dicha obra existen críticas recurrentes de Popper tanto al esencialismo metodológico como al historicismo pero además critica al "sociologismo del conocimiento" o "historismo" que no hay que confundir con el "historicismo". Según dicha doctrina nuestro conocimiento no es más que consecuencia de nuestra circunstancia histórica, de nuestra época con sus tensiones y conflictos de intereses y por ello nuestro estado actual de conocimiento no es ni mejor ni peor que otro cualquiera negando así la existencia de cualquier verdad, no ya moral, sino incluso científica. Popper, radicalmente opuesto a dicha doctrina, sostiene que el conocimiento humano puede plantearse la búsqueda de la verdad, no entendida como verdad absoluta sino como acercamiento cada vez mejores a la verdad a través de teorías que explican la realidad mejores que otras y que puedan refutarse.

Frente a esta concepción, Popper defiende una explicación abierta de la historia y de la sociedad, en la cual el futuro no tiene puertas clausuradas ni horizontes prefijados, estando abierta a una continua confrontación y sujeta a una crítica y a un cambio endógenos, es decir, que se producen desde su interior.

"La igualdad ante la ley no es un hecho sino una exigencia política basada en una desición moral. Y es totalmente independiente de la teoría -- probablemente falsa -- de que todos los hombre nace iguales"
--> Para conocer detalles de la creación de esta obra te recomendamos leer este documento histórico: "El nacimiento de la Sociedad abierta y sus enemigos"
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